EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN

Cuando lo único que nos interesa de un autor es su obra resulta muy fácil tomar distancia y separar esta de aquel. ¿Qué pasa, sin embargo, cuando admiramos no solo al creador sino a la persona? ¿Cuando esta, con su modo de ver el mundo, con su pensamiento ya sea político, filosófico o ético, nos ha influido y ha contribuido de forma notable a convertirnos en lo que somos?

La separación en ese caso es poco menos que imposible. Y cuando descubrimos que esa persona a la que admiramos tiene los pies de barro y hay en su vida, además de las luces que admiramos, sombras que lo manchan, eso nos sitúa en una situación ética bastante complicada.

He estado usando el plural, pero en realidad hablo de una situación estrictamente personal. No sé si lo que voy a describir le ha pasado a alguien más y no tengo la menor idea de si lo que voy a decir le interesará a alguien o le será útil, sobre todo porque no tengo respuesta ni solución que dar.

Isaac Asimov ha sido una de las principales influencias de mi vida. No solo en lo literario, que también, sino en lo puramente vital. Su humanismo, su racionalismo, su escepticismo, su visión política y filosófica del mundo influyeron enormemente en mí, sobre todo durante el periodo formativo de mi vida, que es cuando más contribuyen los modelos de conducta a la formación de lo que somos.

Soy quien soy merced a un montón de influencias y no estoy seguro de que ninguna de ellas haya sido determinante… salvo quizá la de mi madre, que solo con su ejemplo, sin tan siquiera pretenderlo, me hizo consciente de muchas cosas a una edad muy temprana; pero eso es otra historia. Es muy posible que, de no haber conocido la obra de Asimov, mi persona actual fuera casi idéntica y se diferenciase de mí en detalles minúsculos. Quizá. No hay modo de saberlo.

En cualquier caso, hace unos años me enteré de una de las sombras de Asimov, cuando una parte de su comportamiento con las mujeres empezó a hacerse público y notorio y salió del pequeño círculo que lo conocía. No voy a entrar en muchos detalles; quien quiera averiguar de qué hablo exactamente ahí tiene la red para buscar información y consultarla.

Su comportamiento se consideraría hoy en día con toda la razón del mundo como acoso. En su época tal vez dirían sin más que era «de manos ligeras» o lo calificarían de «sobón». Se podría pensar que era un comportamiento inocente para la época, de no ser porque, para empezar, no era cierto y porque siguió comportándose así durante casi su vida. Ante historias como que el personal femenino de la editorial Doubleday procuraba no estar presente en las oficinas el día que tocaba visita de Asimov es fácil ver que su comportamiento iba más allá de lo aceptable incluso en una época mucho más permisiva para el comportamiento abusivo de los varones que la actual.

No voy a entrar en la derivación social del asunto, en el modo en que un comportamiento así solo puede mantenerse y no pasar factura en una sociedad cómplice que, o bien no ve nada reprobable, o lo ve, pero prefiere mirar a otro lado. Es un tema interesante y seguro que voces más expertas y autorizadas que la mía podrán tratarlo.

De lo que quiero hablar es del aspecto puramente personal del asunto, del modo que, a un nivel íntimo y directo, me afecta como persona. ¿Cómo reconciliar ese comportamiento que, en el mejor de los casos es una falta de respeto hacia otra persona y, en el peor, es directamente acoso, con el hombre inteligente, honrado y fundamentalmente bueno que hay en mi cabeza?

Los seres humanos no somos figuras de una pieza. No somos monolíticos. La mayor parte de nosotros no somos ni santos ni demonios, sino una mezcolanza de elementos positivos y negativos. La misma persona que ama a sus hijos, es siempre solícita con los vecinos y está dispuesta a echar una mano en todo momento puede ser también la misma que guía a un grupo de personas hacia los hornos crematorios en un campo de exterminio.

Evidentemente, el comportamiento de Asimov no es comparable a lo que acabo de describir ni de lejos. Y estoy seguro de que buena parte de las personas que lean esto (fundamentalmente los hombres, pero quizá alguna mujer también) lo consideran un pecadillo sin importancia, una falta sin más trascendencia y creen que estoy dando demasiadas vueltas alrededor de una minucia.

Tal vez sea así.

Para mí ni lo es.

 Su comportamiento de sobón impenitente (y en ocasiones, al parecer, agresivo) me parece directamente asqueroso.

¿Qué hacer en ese caso, cuando una persona a la que admiramos revela un comportamiento que nos llena de repugnancia?

No tengo solución. No tengo respuesta. No he dejado de disfrutar de su obra y en mi mente sigue siendo la persona racional, humanista y de buen fondo que siempre consideré que era. Pero ahora el disfrute que experimento al leer lo que ha escrito no es completo y está manchado, como lo está mi visión de él como persona y por más que lo intente no puedo evitar que esa mancha esté presente siempre que pienso él.

Así es como estoy. Otra persona quizá podría ser radical y eliminar a Asimov de su vida, o irse al otro extremo e ignorar sus sombras y no volver a pensar en el asunto.

Yo me veo incapaz de hacer ni una cosa ni la otra. Y posiblemente así pasaré el resto de mi vida.

Me temo que no tengo mucho más que decir sobre el tema.

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