YGGDRASIL (CÓMO HEMOS LLEGADO AQUÍ)

En octubre se pone por fin a la venta la edición impresa de Yggdrasil, que recoge la parte más «galáctica» de mi Ciclo de Drímar y que he intentado articular como si fuera una sola novela de ochocientas páginas, gracias a una historia-puente que va uniendo las diferentes novelas y novelas cortas originales.

Yggdrasil ya tenía desde hace un año una edición en ebook, además de un fugaz intento de realizar una versión impresa en un solo volumen. Al final me he decidido por la edición en dos volúmenes de poco más de cuatrocientas páginas cada uno. Aunque se pueden adquirir por separado, el lector notará que no tiene mucho sentido, ya que la numeración de páginas entre ambos volúmenes es correlativa. Si el primero termina en la 436, el segundo arranca en la 437, quedando claro así que se trata de un solo libro.

Aprovechando el momento de la nueva edición incluyo aquí el texto que se podrá leer al final del segundo volumen y que explica un poco el proceso de creación de Drimar y, en más extensión, cómo fue naciendo Yggdrasil.

Espero que os parezca interesante.

El origen de Yggdrasil es muy diverso y bastante accidentado. Surgió originalmente como un grupo de novelas cortas y novelas escritas lo largo de los años noventa. Todas ellas compartían un trasfondo común, ese Drímar que creé hacia 1982 como un intento de remedar el Macondo de García Márquez y que no tardó en derivar hacia un escenario de ciencia ficción.

Drímar se fue desarrollando paulatinamente a lo largo de la década de los ochenta a través de una serie de relatos y novelas cortas que no guardaban más relación entre sí que el universo de ficción en el que se ambientaban. Hay excepciones, por supuesto: el relato «La carretera» guarda una evidente relación argumental con la novela corta «El alfabeto del carpintero», por ejemplo. Pero en general cada historia iba a su aire.

Poco a poco, con cada nuevo ladrillo narrativo, Drímar fue creciendo y ampliándose y, cuando empezaron los noventa, estaba lista para llegar a su formulación definitiva.

Esa última etapa dio comienzo en 1991 con una novela que titulé Jormungand (y que acabaría siendo publicada en 1996 como Tierra de Nadie: Jormungand) y que sin duda era mi obra más ambiciosa hasta aquel momento. Era una epopeya planetaria, un space opera, en cierto sentido, y en ella pretendía poner todo lo que sabía como escritor. Vista hoy, tal vez puse demasiado. No la tuve lista hasta finales de 1992, no porque me llevase dos años escribirla, sino porque entre febrero y setiembre de aquel año estuve demasiado ocupado en el Ejército Español (los primeros dos meses en la instrucción básica, y el resto como Escribiente de la Compañía de Plana Mayor y Servicios del Tercer Batallón del Regimiento de Infantería Aerotransportada Príncipe Nº 3) para ponerme con la novela.

Ni con casi nada más. Bueno, están los relatos que componen el ciclo de Horizonte de sucesos, escritos casi todos ellos durante la Mili. Curiosamente esos cuentos son lo más parecido a la cifi hard que he escrito en toda mi vida. Que cada cual extraiga de eso las conclusiones que prefiera.

En 1993, ya como civil, escribí la novela corta «Los celos de Dios», la historia de un robot que intenta librarse de las restricciones de su programación y, en el proceso, realiza unos cuantos actos que podrían parecernos cuestionables. Intenté contarla de forma lineal, pero no tardé en descubrir que así no funcionaba, así que se me ocurrió dar un salto de unos cuantos cientos de años y narrar desde allí la historia del robot como objetivo de una investigación del pasado remoto por parte de una persona. ¿Qué persona? Eso lo descubriréis al leer Yggdrasil I… o lo descubristeis en su día cuando leisteis Los celos de Dios.

Cuando empecé en 1994 a escribir La sonrisa del gato, que acabaría convirtiéndose al año siguiente en mi primera novela publicada, decidí usar como trasfondo parte de la historia del robot y de la persona que la había investigado. A lo largo del texto surgieron también unas cuantas referencias de pasada a acontecimientos narrados en Tierra de Nadie: Jormungand.

No contento con eso escribí un relato corto, «Mensajero de Dios», que contaba lo ocurrido en la Peonza unos años después de la novela y que habréis encontrado dentro del capítulo cuarto del libro quinto de Yggdrasil II. También una novela corta, «Un jinete solitario», en la que se contaba qué había hecho Vaquero antes de que lo conociéramos en La sonrisa del gato. En un primer momento decidí no incluirla en Yggdrasil; por más que fuese la historia de un personaje de cierta importancia en la novela anterior, lo que se narraba en «Un jinete solitario» era una suerte de spin-off que poco o nada tenía que ver con la trama principal.

Sin embargo, al final sí que la incluí. Vaquero acaba teniendo un peso bastante importante al final de Yggdrasil, así que me pareció lógico que se conociera toda su historia.

En 1997 escribí «Este relámpago, esta locura», donde exploraba un poco los entresijos de la orden religiosa de los soytos, que había aparecido por aquí y por allá en distintas historias de Drímar. También exploraba la idea del superhombre, lo cual conociéndome no tiene nada de raro.

Con el cambio de siglo surgió la posibilidad de publicar un libro que contuviera «Los celos de Dios», La sonrisa del gato y «Un jinete solitario». El que iba a ser el editor apuntó que no estaría mal crear un relato-puente que relacionase mejor las tres historias. No me pareció mala idea. Y dado que había escrito una novela titulada Jormungand, me pareció que estaría bien darle el título de Bifrost a esa recopilación.

El editor acabó echándose atrás. Lo que, vista su trayectoria, fue una bendición. No diré de quién se trataba, pero si alguien piensa que fue el primer editor de China Mieville en castellano no andará muy desencaminado.

De todos modos aquel relato-puente que había escrito no solo me gustaba, sino que me pareció que funcionaba bastante bien como historia independiente. Así, cuando publiqué el omnibus Drímar, el ciclo completo, lo incluí como parte final de la saga.

Con eso, Drímar había llegado a su fin. O eso creía yo.

Un inciso. El arco argumental que vertebra esta última etapa de Drímar surgió en realidad en una etapa muy anterior de mi vida.

Toda esa historia de la galaxia divida en dos potencias hostiles envueltas en una Guerra Fría perpetua, el conflicto bélico que se desata de pronto, la sociedad secreta que espera en las sombras ese momento para hacerse con el control del espacio conocido, la férrea dictadura a la que someten la humanidad a partir de ese momento y la liberación por parte de un grupo de exiliados que habían huido a un planeta ignoto… Todo eso surgió durante mi adolescencia en una novela que nunca llegué a terminar y que llevaba por título La tercera galaxia.

De hecho, el nombre «sáver», que en Drímar designa a una de las dos potencias en que se ha divido la galaxia surgió en ese momento.

Retomé la idea hacia los veintidós años y entonces la llamé El centro de la galaxia. Llegué a terminar esa novela (que, como me pasaba a menudo por aquella época, eran en realidad tres novelas cortas interconectadas; supongo que aún no estaba preparado del todo para enfrentar historias de mayor extensión), aunque los resultados no fueron muy satisfactorios. La novela languideció un tiempo en un disquete y cuando cambié de ordenador su versión electrónica desapareció para siempre. Conservo algunas páginas, supervivientes de una versión que imprimí, seguramente para prestársela a alguien, pero eso es todo.

En realidad, no se perdió gran cosa. Lo importante, el trasfondo, se las apañó para sobrevivir en alguna parte de mi cabeza y acabó empapando poco a poco el universo de Drímar, hasta el extremo de convertirse en una parte fundamental en la última etapa del escenario.

Nada muere nunca, no del todo.

Entretanto…

El tiempo fue pasando. Me dediqué a otras cosas. Escribir mi tetralogía de Sherlock Holmes, por ejemplo: aunque la primera novela nació en 1993, las otras tres fueron escritas entre 2003 y 2007. O la también tetralogía El adepto de la Reina, escrita entre 2008 y 2017.

O El hueco al final del mundo, novela actualmente en proceso y de la que se han publicado los dos primeros volúmenes, La simiente de la Esquirla y El verde entre las sombras.

Aunque Drímar, el ciclo completo, el omnibus en ebook que recogía este ciclo narrativo, tendría que haberme dejado satisfecho, lo cierto es que estaba muy lejos de sentirme así. Vale, el material más antiguo de Drímar no guardaba mucha relación argumental entre sí, es cierto, pero a partir de Jormungand había una especie de arco, aunque fuese en el trasfondo, que vertebraba las distintas novelas y novelas cortas. ¿Podía de algún modo, partiendo de ese material, crear algo que pudiese funcionar como una novela?

Allá por 2016 decidí que sí y empecé a trabajar en ello. No mucho, y no con demasiada intensidad. De momento me limité a unir en un solo archivo los distintas novelas y novelas cortas en orden cronológico y a pensar en cuál podía ser el pegamento que le diera unidad al conjunto. A lo largo de los años siguientes volví de forma intermitente al proyecto y poco a poco fui dejándolo un poco a mi gusto, aunque no me puse en serio con él hasta 2019, que fue cuando realicé la mayor parte del trabajo, especialmente la profunda revisión a la que sometí los textos. 

Tuve que romperme la cabeza para decidir qué historia era la que iba dar consistencia al conjunto, cuál iba a ser el pegamento que lo mantendría todo unido. La clave me la dieron aquel Bifrost que mencionaba antes (especialmente uno de sus personajes) y un breve texto que había escrito como colofón de la saga y que apareció en Drímar, el ciclo completo bajo el título de «Cielo tomado, una coda». Allí recuperaba a uno de los personajes de «Este relámpago, esta locura» y lo ponía en contacto tanto con los de Bifrost como con los de La sonrisa del gato.

Ese es el motivo por el que Tinúviel y Karl son los personajes-pivote de Yggdrasil, los que hacen que la historia vaya fluyendo y los que, si he hecho bien mi trabajo, convierten diversas historias aisladas, aunque relacionadas, en una sola novela.

En cuanto al título, quizá merezca una explicación. Dado que fue Jormungand la que inició todo esto allá por 1991, me pareció adecuado seguir con la nomenclatura tomada de la mitología nórdica.

De hecho, en 1996, poco después de publicar Tierra de Nadie: Jormungand, anuncié en una entrevista en un fanzine de la época que habría una segunda parte y que se titularía Ragnarok (en mi fuero interno prefería Götterdämmerung, que es la versión alemana y suena más contundente, pero había que ser coherentes con la nomenclatura).

Nunca llegué a escribir esa segunda parte… al menos no como pretendía. Es evidente que la historia iniciada en Jormungand continuó, pero lo fue haciendo a su manera mientras yo me empeñaba en tener otros planes.

Como sea, me pareció adecuado recuperar las referencias nórdicas, de ahí que, no solo el volumen completo, sino que cada parte individual ha acabado por tener un título relacionado con los mitos nórdicos.

No bastaba con ensamblar las diversas partes, eliminar las fisuras y buscar agujeros de coherencia. Enseguida me di cuenta de que si quería que todo esto funcionase tendría que revisar a fondo el material original, las diferentes novelas y novelas cortas escritas hace más de veinte años (casi treinta, en algunos casos). 

Por diversos motivos.

El primero, puramente estilístico. Al leerme, me di cuenta de que por aquella época yo era un escritor descuidado que lanzaba las palabras contra la página como buenamente me venían a la cabeza sin pararme a reflexionar gran cosa sobre el asunto. Tengo la suerte de que, en general, se me da bien contar las cosas, así que en la mayoría de los casos no quedaba mal, pese a todo. Pero me aterré ante la cantidad de muletillas innecesarias, de frases hechas vacías de contenido y de clichés lingüísticos que usaba. Digamos que en general utilizaba demasiadas palabras para narrar lo que podía ser contado de un modo mucho más eficaz con bastante menos verborrea.

Otro motivo era estructural y de ritmo. Y, por supuesto, de necesidad narrativa. ¿Por qué personajes como Cástor, Pfernan y Marcia tenían casi tanto tiempo «de pantalla» en Jormungand como los principales cuando no eran más que comparsas y en realidad no importaban lo más mínimo para la trama? Supongo que porque en aquella época creía que para ser lo bastante ambicioso había que contarlo todo, tuviese importancia o no.

Ese es uno de los motivos por los que Jormungand ha sido podada de casi 40.000 palabras. Creedme, ninguna de ellas era necesaria y no lamento que hayan desaparecido. El recorte en esa novela fue de lejos el más salvaje, pero todo el material que compone Yggdrasil pasó por el mismo proceso, si bien de un modo menos extremo y agresivo.

Creo que todas estas novelas y novelas cortas han ganado con la poda (especialmente Jormungand) y que ahora son narraciones mucho mejor trabadas, con mejor ritmo y bastante mejor narradas.

La tercera razón de esta revisión fue conseguir una narrativa más diversa y, por tanto, que tuviese una textura más compleja, interesante y, por que no decirlo, plausible.

Empecé por reforzar algo que ya existía en las versiones originales. Aunque casi nunca describo físicamente el aspecto de los personajes, y mucho menos el color de su piel, siempre intenté que en sus nombres se reflejase una cierta variedad cultural y, por tanto, étnica. He cambiado unos cuantos nombres para que eso quede más claro.

Luego seguí por otros derroteros que sospecho que van a ser tal vez los más polémicos y discutidos de esta versión.

Creedme, ochocientas y pico páginas pobladas de las aventuras y andanzas de un montón de personajes cishetero mayoritariamente masculinos como si no hubiera otra cosa en la galaxia son demasiadas páginas. Y no tiene ningún sentido, mucho menos con una humanidad que se ha desparramado por la galaxia a lo largo de tres mil años y ha construido varias civilizaciones.

Lo gracioso es que todo esto que acabo de describir lo sabía de sobra en la época en la que creé estas historias; pero preferí seguir el camino cómodo y no salir de mi zona de confort. Lo cual, si nos paramos a pensarlo, es casi lo peor que se puede decir de un escritor.

Al menos puedo decir en mi descargo que, pese la evidente asimetría en los números, me ocupaba (y me ocupo) de los personajes femeninos con el mismo cuidado y atención que de los masculinos.

Así que ha habido unos cuantos personajes que han cambiado de género y de orientación sexual… e incluso de motivaciones, por qué no, aunque en la mayoría de los casos estas se han mantenido intactas. Confieso que no me ha resultado muy difícil. Siempre he pensado que el género o la orientación sexual de un personaje no son casi nunca relevantes para la trama y que se pueden intercambiar sin afectar a la historia; hay excepciones, por supuesto. Y, desde luego, hay casos en los que al autor decide que sean elementos narrativos relevantes. Pero en la mayoría de los casos resultará indiferente.

Si no me creéis, haced la prueba. Pillad alguno de los personajes más icónicos de la ficción popular y cambiadle el género: hay un 99% de posibilidades de que la historia funcione exactamente igual de bien (o de mal) que con su género original.

Luke Skywalker podría ser una granjera, Leia Organa un príncipe de Alderaan y Han Solo una aguerrida mercenaria y Star Wars funcionaría exactamente igual. O los tres podrían ser mujeres y el triángulo amoroso tener claras connotaciones LGBT sin que el relato se viera afectado en lo más mínimo. O podría adoptar cualquier otra combinación de género y de identidad y orientación sexual que se os ocurra… Y Star Wars seguiría funcionando igual que funciona ahora y despertando los mismos ecos en nuestra mente… y quién sabe si, de paso, unos cuantos más que antes no despertaba y que la harían aún más interesante.

Es una lección que nos enseñó Sigourney Weaver con contundencia hace ya mucho tiempo; al fin y al cabo su Ripley en Alien era un hombre en el guion original y ella se las apañó para interpretar el personaje sin cambiar una sola línea de diálogo y sin modificar sus motivaciones. Y nos lo hizo creíble como mujer, básicamente porque en el contexto de la historia que Alien nos cuenta, el que los personajes tengan un género u otro es irrelevante.

Y si es irrelevante, ¿por qué todos deben tener el mismo?

No hay ningún motivo lógico, más allá de la pura pereza y comodidad, para crear casi todos los personajes con el mismo género y tendencia sexual… que casualmente es la misma del autor.

Así pues…

* * *

Para mí, esta es la versión definitiva del Ciclo de Drímar. Y, si me dejase llevar, sería la única a la que los lectores tendrían acceso.

Eso no sería justo.

Al fin y al cabo, publiqué en su día las versiones originales de estas historias porque mi yo de entonces las consideraba lo bastante buenas. Además, lo que está publicado en cierto modo ya no es por completo propiedad del autor. «Carta en la mesa, presa», decíamos cuando jugábamos a las cartas siendo jóvenes. Por mucho que las considere defectuosas, no tengo derecho a eliminar las versiones originales.

Así que Drímar, el ciclo completo, seguirá al alcance de los lectores y aquellos que prefieran esa versión podrán seguir leyéndola sin problema.

Aunque espero, queridos lectores, que la mayoría elijáis Yggdrasil, por supuesto, ya sea en la versión en un solo ebook o en la edición impresa en dos volúmenes. O la versión en audiolibro.

Queda un punto pendiente. ¿Qué pasa con todo el material de Drímar que no está aquí? ¿Con todas esas narraciones anteriores a Jormungand?

Buena pregunta.

La respuesta a esa pregunta la encontraréis en Nornir, por supuesto, el libro que en cierto modo estará dedicado a enhebrar los cabos sueltos que quedan en el tapiz de Drímar.

Espero, además, poder ofreceros unas cantas sorpresas en Nornir, algo de lo que siempre he tenido ganas pero con lo que nunca me he atrevido, entre otras cosas porque me parecía demasiado arrogante hasta para mí. Al final, la oportunidad se presentó por sí misma y no me quedó más remedio que aceptarla.

Pero ya llegaremos a eso. Entretanto, espero que disfrutéis de este Yggdrasil.

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