Quizá a alguien le puedan sorprender las últimas incorporaciones a la web en la que catalogo mi biblioteca (se pueden ver en la foto sobre estas líneas), por cuando se trata de los libros de texto de literatura española de 2º y 3º de BUP y de COU. Son, evidentemente, las mismas ediciones que tuve en mis años de instituto, aunque no los mismos ejemplares: estos que veis he podido conseguirlos hace poco (en estados de conservación diversos que van del excelente al bastante baqueteado) en Todocoleccion. Lo cierto es que no estaban nada caros, como si fuese algo que no tuviese mucha salida.

Estos tres libros forman una parte de mi paisaje sentimental e intelectual tan importante como lo pueda haber sido en su momento la obra de Tolkien, García Márquez o Robert Graves, por citar solo tres de los autores responsables de que me frente a la narrativa como lo hago.

Sí, en mi moroso y no muy aprovechado paso por la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo tuve acceso a manuales tocaban el tema más en profundidad y desde el punto de vista de la Teoría de la Literatura, con un afán, por tanto, más científico. Pero ninguno de esos textos universitarios me fue la mitad de útil que estos tres libros: amenos, bien escritos magníficamente estructurados, son en realidad auténticas guías de lectura de la literatura española entre el nacimiento de esta y mediados del siglo XX. Guías además, con excelentes ejercicios prácticos que ayudaban a estructuras las ideas y a enfrentarse a textos que, a veces, podían parecer por encima del nivel de un adolescente.

Mi comprensión y amor por los clásicos españoles vino motivada de forma muy importan por Emilio Nieto Costas, el profesor de literatura que tuve esos tres años y que supo hacer, al menos para mí, accesibles, interesantes y merecedoras de mi tiempo obras a las que, de otro modo, posiblemente no me habría acercado. Pero el otro gran responsable son estos tres libros, que me ayudaron a analizar lo que leía y sacarle el jugo.

Si amo el Quijote, si disfruto de la poesía de Quevedo, si me emociono con las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre (el parricida, lo llamábamos entonces en broma, haciendo el chiste de que el muy cabrito había matado a su propio padre para tener una excusa para escribir; cosas de adolescentes), si me lamento por mi suerte como Segismundo, si devoro con ansia la poesía del 27 (especialmente la surrealista: Poeta en Nueva York, Sobre los ángeles y La destrucción o el amor, son mis tres poemarios favoritos), si me deprimo con El árbol de la ciencia de Baroja, si adoro los sonetos de Miguel Hernández, si recito marcando el ritmo y haciendo la cesura los versos arcaicos del Cantar de Cid… si hago todas esas cosas y mucho más es gracias a esos tres libros.

Ah, sí. También soy fan de Borges gracias a ellos, ya que sus autores, no contentos con haber incluido «La casa de Asterión» en el libro de 2º se BUP, incluyeron también «La biblioteca de Babel», uno de mis cuentos favoritos, en el de COU. Por si fuera poco, descubrí a mi ruso favorito, Dovstoiesky, gracias al manual de 3º de BUP, que como lecturas extra incluía a veces obras internacionales. Nunca le saqué demasiado el jugo al Enfermo imaginario de Molière, me temo, pero me fascinó Crimen y castigo.

Por si fuera poco, son los responsables de mi forma encarar la literatura y el arte en general. Siempre he defendido que hay un componente subjetivo en toda obra de arte, desde el momento en que esta, para que pueda ser arte de verdad (en este caso en concreto pienso que si el árbol cae en el bosque y no hay nadie para oír el ruido, este no existe), debe resonar con un espectador concreto y preciso, con una formación y unas experiencias únicas que interpretará y degustará de una forma totalmente personal e intransferible la obra, y que no se puede hablar de modos mejores o peores de acercarse al arte. Solo hay modos distintos.

Bueno, al parecer ese «siempre» es desde el otoño de 1980, que sin duda fue cuando leí por primera vez estas palabras:

Ese párrafo, en la introducción del libro es sin duda el embrión de todo lo que pienso sobre la validez del arte y la imposibilidad de hacer un juicio de valor sobre este que sea objetivo. El mal gusto de unos es el buen gusto de otros… Pero me estoy alejando un poco del tema, me temo.

Estos libros no son perfectos, por supuesto; sin ir más lejos, la parte histórica es mejorable, sobre todo en los capítulos dedicados al siglo XX en España. Entiendo que la dictadura franquista estaba demasiado cercana (las primeras ediciones de estos libros son de 1997, casi en plena Transición) y que los autores no quisieran pisar ciertos callos, pero visto ahora no habría venido mal, para comprender mejor el papel de generaciones como la del 36, o las de posguerra, un análisis menos tibio del contexto social.

Pese a esos defectos y algún otro son los textos de análisis literario que más útiles me han sido jamás. Recuperarlos estos días ha sido como recuperar un trozo perdido de vida y volver a experimentar, aunque sea tamizada por los años que me separan de él, la pasión, el asombro y el disfrute con los que aquel adolescente delgado, nervudo y de melena al viento se acercaba a los textos de los que hablaban estos libros.

Bienvenidos a casa. Os ha costado volver a Ítaca, pero ya estáis a salvo.