
En noviembre estará disponible El largo y tortuoso camino, que cierra y culmina el viaje que inicié allá por 2018 cuando me senté a escribir lo que luego sería El hueco al final del mundo.
En los dos siguientes años esa novela ocuparía una parte importante de mi pensamiento consciente, además de toda mi actividad como escritor; en el periodo siguiente, de 2021 a 2023, siguió ocupando parte de mi tiempo, aunque ahora ya compartido con otras tareas.
Es, sin duda, la novela a la que le he dedicado más esfuerzo y en la que más tiempo he estado trabajando. También es la novela en la que, de algún modo que aún no comprendo, fui capaz de combinar de forma exitosa y sin tan siquiera planteármelo el modo en que escribía mi yo de trece años (dejándose llevar sin tener la menor idea de hacia dónde iba) con mi forma actual de trabajar, más meditada y elaborada. Y es, sin duda, la obra en la que intenté con más fuerza ir más allá de mis límites y, por hacer un chiste fácil, «escribir por encima de mis posibilidades».
El resultado fueron algo más de quinientas mil palabras dividas en cuatro volúmenes que contenían la novela completa y un quinto con los apéndices y otro material extra.

También fue, a mi subjetivo y no necesariamente humilde entender, una de las mejores novelas españolas de ciencia ficción de todos los tiempos1. Supongo que la mayoría de los que leáis esto estáis pensando que estoy dejando hablar a mi ego. Bueno, es vuestro problema.
¿Se reflejó esa supuesta calidad en las ventas? Ya os lo adelanto yo: no. El primer volumen no fue mal del todo, pero las ventas descendieron progresivamente con nada nueva entrega hasta que, al llegar a la quinta, Las crónicas de Duniya, se convirtieron en testimoniales.

¿Me sorprendió? Tampoco.
A partir más o menos de la segunda década de este siglo me he ido convirtiendo en un autor cada vez menos relevante de cara a los lectores, especialmente a las nuevas generaciones. Algo de lo que me di cuenta enseguida.
Probablemente un factor de ese proceso fue el hecho de que, de 2009 en adelante, el grueso de mi obra salió en mi propia editorial, Spórtula, cuya capacidad de maniobra para la publicidad y el marketing es más bien escasa.
Aunque no creo que sea el único ni el más importante. Al mismo tiempo, tampoco sé cuáles son esos otros factores.
Pero es una realidad: en general lo que escribo no interesa a los lectores.
Había llegado a esa conclusión antes de ponerme con El hueco al final del mundo. Y en cierto modo decidí escribir esa novela como acto de despedida. Se podría decir que iba a tirar la toalla y El hueco al final del mundo estaba destinado a ser el reconocimiento de mi derrota.
Sin embargo, pese a todo lo que acabo de decir, no lo fue.
No dejé de escribir.
De hecho, una vez superado el bloqueo creativo de año y medio causado, entre otras cosas, por el confinamiento durante el COVID, retomé la escritura con entusiasmo y, en cierta manera, por sorpresa. Aclaro que sorpresa sobre todo para mí mismo. Estaba convencido de que ya no volvería a escribir y desde 2021 llevo un libro de ensayo, tres novelas, una novela corta y varios relatos. Y lo más gracioso es que ninguno de esos libros fueron planeados: la oportunidad de escribirlos surgió del modo más azaroso posible y me limité a dejarme llevar.
Hace unos años, hablando con José Antonio Cotrina, le dije que aunque quisiera, no podía dejar de escribir, que era en cierto modo un «yonqui de la literatura», palabras a las que él asintió, mostrando su acuerdo. Aunque no estaba mintiendo reconozco que aquellas palabras tenían un poco de pose. Las creía ciertas, sí, pero no del todo, y en el fondo estaba convencido de que, llegado el caso, podría renunciar a escribir sin problemas.
Bueno, el tiempo se ha encargado de hacer quedar a esa parte mía como el idiota que era.
Está claro que no, que no puedo dejar de escribir.
Soy, en una expresión que le robé hace muchos años a Stephen King, la Scherezade de mí mismo. Cuando escribo, descubro la historia y me la cuento a mí. Y si he descubierto una historia no puedo evitar contármela.
Escribir me gusta demasiado, me produce demasiadas satisfacciones a un nivel totalmente íntimo y personal para dejarlo. Y es, en el fondo, la parte de mí mismo que mejor y más a fondo me define. ¿Cómo voy a prescindir de ella?
Que no me lea casi nadie es irrelevante, en realidad.
Quizá os preguntéis a qué viene todo este rollo patatero. O quizá, directamente, habéis dejado de leer hace un rato, aburridos de tanta basura autocomplaciente.
Viene a que El largo y tortuoso camino, que sale en noviembre, es la verdadera culminación de El hueco al final del mundo. Si en Las Crónicas de Duniya me sumergía en el pasado del mundo ficticio que había creado para la novela y lo describía en detalle, en El largo y tortuoso camino voy un paso más allá y muestro el proceso de creación de la novela, qué decisiones fui tomando durante su concepción, los cambios por los que pasó…

Seguramente se venderá menos aún que Las Crónicas de Duniya, pero no me importa. Era un libro que necesitaba escribir, y una vez escrito, tenía que publicarlo. Así que los pocos a los que os interesa asomaros a cómo funciona mi cabeza cuando estoy creando una novela lo tendréis disponible en unas semanas en tapa dura y ebook (con casi una docena de mapas a color en ambos casos) y a los que no os interese, pues nada, seguid con lo vuestro.
Que el azar que rige el cosmos os sea propicio a ambos grupos en cualquier caso.
NOTAS:
- Y diría, sin temor a equivocarme, que es una de las novelas españolas de ciencia ficción más woke que se hayan escrito. Sí, sé que la palabra «woke» se usa con matices insultantes normalmente; para mí, que me pongan esa etiqueta, sin embargo, es motivo de orgullo. Significa entre otras cosas, que no soy un puto cavernícola homófobo, racista y machista que tiene la cabeza llena de mierda. ↩︎