Me llamo Rodolfo Martínez, y ese es el nombre que uso profesionalmente, ya sea traduciendo, escribiendo o editando. La mayor parte de mis conocidos me llaman Rudy, apodo que adopté en la adolescencia por motivos ignotos (aunque seguro que entonces me parecieron enormemente razonables) y que me ha acompañado desde entonces.

Nací un 30 de abril de 1965. Fecha que, al parecer, corresponde a la Walpurgis Nacht, la noche de brujas según la tradición germánica, y que vendría a ser el reflejo primaveral del otoñal Samhein, Halloween o Todos los Santos, según las creencias de cada uno. Podría llegar a pensar que esa fecha tuvo mucho que ver con que desde muy joven me interesante la fantasía y la mitología y que acabase convirtiéndome en un escritor de ciencia ficción y literatura fantástica. Como no creo en esas cosas, pues no lo pienso. Aunque quiza…

Vine al mundo en un pueblo asturiano de nombre Candás, aunque llevo viviendo en Gijón, la ciudad más cercana, desde que tenía diez años. Gijón es mi principal paisaje sentimental y se ha acabado convirtiendo en el escenario (y en cierto modo en uno de los personajes) de uno de mis ciclos narrativos más importantes, La Ciudad, una serie de novelas y relatos de fantasía oscura urbana que tienen como nexo común el lugar en el que transcurren, que no es otro que Gijón.

Empecé a escribir siendo muy joven, con doce o trece años, aunque no empezaría a publicar los primeros relatos y artículos hasta diez más tarde. A los 30 publiqué La sonrisa del gato, mi primera novela, y con los años he ido acumulando a las espaldas unos cuantos libros más, algún premio por el camino y un puñado de lectores fieles que disfrutan con lo que escribo. Como ya he dicho, me muevo principalmente por los géneros no realistas (fantasía y ciencia ficción), aunque también he tocado el policiaco. Lo cierto es que lo que más me gusta es mezclar diversos géneros y crear una literatura cuya marca de fábrica más llamativa sea el hecho de ser mestiza y estar orgullosa de ello. La pureza, al fin y al cabo, nunca ha sido buena para nada, salvo quizá para la cría de caballos… Y nadie les ha preguntado nunca a los caballos qué opinan al respecto.

Decidí probar suerte como editor en 2009, y así nació Sportula, una pequeña editorial («small press» es el término que se usa en el mundo anglo) especializada en la literatura de género, sobre todo en ciencia ficción y fantasía, que son mis dos amores literarios principales. Una de las mayores alegrías que me ha traído la edición ha sido poder darle su primera oportunidad a autores de talento como Pablo Bueno, Felicidad Martínez, Pablo García Maeso o Laura S. Maquilón, que dieron sus primeros pasos por el mundo editorial en Sportula.

Aunque en el pasado había traducido algún artículo y algún relato para publicaciones como BEM o la revista Gigamesh, fue en el momento en que decidí abrir Sportula a material originalmente escrito en otros idiomas cuando de verdad empecé a dedicarme en serio a esas labores. Para Sportula he traducido a autores contemporáneos como Ian Whates y Christopher Kastensmidt, pero confieso que donde de verdad disfruto es con la traducción de autores clásicos como H. G. Wells, Mark Twain o Arthur Conan Doyle. Y, sobre todo, de Robert E. Howard, creador de Conan el bárbaro, entre otras muchas cosas. De hecho, la traducción y edición del Conan de Howard ha sido en los últimos años uno de los principales proyectos que he llevado a cabo para Sportula, bajo el título genérico de Las crónicas nemedias.

Durante casi veinticinco años me he ganado la vida como programador, etapa que ha llegado a su fin 2021. Aunque he decidido dedicarme a tiempo completo a traducir, escribir y editar, el gusanillo de la programación aún pica de vez en cuando, así que no es extraño que escriba pequeños programas o algún plugin para uso estrictamente personal.

Si crees que puedo serte de ayuda en algún proyecto, no dudes en contactarme escribiendo a drimar[arroba]gmail.com o enviándome un mensaje privado a alguna de mis redes sociales:

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