Preámbulo

Un colega escritor comentaba hace poco en redes sociales que se está planteando cambiar su forma de escribir. El motivo no es una evolución natural de su voz ni una inquietud estética: es el miedo. Miedo a que su estilo —frases cortas, secas, contundentes— haga que algunos lectores supongan que su obra está generada con inteligencia artificial.

En los comentarios, varios autores le daban la razón. No solo eso: compartían la misma inquietud. La sospecha se extiende. La paranoia prende. Y alguien añadía que en el ámbito de la ilustración digital empieza a ocurrir exactamente lo mismo.

Aclaración necesaria

No es este el lugar para debatir si el uso de IA generativa en la creación artística es legítimo o no. Quien me conozca ya sabe cuál es mi postura. Quien no, es libre de informarse o de aferrarse a sus prejuicios. No es relevante aquí.

Aceptemos como hipótesis de trabajo el escenario más extremo: que el uso de IA en la creación artística es totalmente deplorable.

Partamos de ahí.

El núcleo del problema

Incluso en ese escenario, ceder y traicionarse creativamente a uno mismo no es una solución. Es, en el mejor de los casos, una huida. En el peor, una claudicación.

Comprendo el miedo. Sobre todo cuando uno vive o intenta vivir de su trabajo creativo. Comprendo la fragilidad de un ecosistema donde la sospecha puede afectar a la reputación, a las ventas o a las oportunidades.

Pero comprender el miedo no implica aceptarlo como guía.

Dejar que el miedo tome decisiones por nosotros nunca ha sido una estrategia inteligente. En ningún ámbito. Tampoco en este.

La acusación y la carga de la prueba

Si alguien cree que lo que he escrito está generado por IA, hay dos pasos muy sencillos:

Primero: que tenga las narices de decírmelo.

Segundo: que lo demuestre.

Y si no puede demostrarlo, que cierre la bocaza.

Así de claro.

Porque no, yo no tengo ninguna obligación de demostrar que no uso IA. La carga de la prueba recae en quien acusa, no en quien es acusado. Esto no es una cuestión de cortesía: es un principio básico de racionalidad.

Quien lanza una acusación sin pruebas lo hace desde la ignorancia o desde la paranoia. Y alguien que opera en esos términos no merece ni respeto ni colaboración.

No tengo por qué facilitarle nada. No tengo por qué ayudarlo a desmontar una sospecha que él mismo ha fabricado sin base alguna.

La falacia de los «detectores de IA»

Y si esa supuesta prueba se basa en una de esas herramientas que aseguran detectar si un texto o una imagen han sido generados por IA, el problema es aún más evidente.

Basta con un experimento muy simple: introducir en uno de esos sistemas un texto de James Ellroy, cuyo estilo (fragmentado, telegráfico, de frases cortas y contundentes) comparte ciertos rasgos superficiales con lo que muchos asocian erróneamente a la escritura generativa.

Cuando el sistema devuelva un falso positivo, como inevitablemente hará en más de una ocasión, la supuesta prueba irrefutable quedará desacreditada.

No estamos ante herramientas fiables. Estamos ante artefactos estadísticos que generan una ilusión de certeza donde no la hay. Y construir acusaciones sobre esa base no es solo irresponsable: es una forma de negligencia intelectual.

Identidad y escritura

Ser escritor —contador de historias, narrador— no es solo una actividad. Es una parte fundamental de la identidad de quien lo ejerce. Y dentro de esa identidad, el estilo no es un accesorio: es el núcleo. Yo escribo como escribo por una razón. Porque esa es mi voz. Porque ese es el modo en que entiendo el lenguaje y la narración.

Cambiar esa voz por miedo a la sospecha de alguien que no ha hecho el mínimo esfuerzo por comprender lo que está leyendo no es adaptación: es renuncia.

Y es, además, una renuncia que tiene consecuencias. No solo estéticas, sino personales. Porque aceptar ese chantaje implícito implica algo muy concreto: dejar de poder mirarse al espejo con respeto.

Una lección básica de la Historia

Si algo enseña la Historia con una insistencia casi cruel es que ceder al miedo nunca resuelve el problema que lo provoca. Al contrario: lo agrava.

Cada concesión hecha desde el miedo legitima el mecanismo que lo genera. Cada paso atrás refuerza la presión que lo provocó.

Aplicado a este caso: cuanto más adaptemos nuestra escritura para evitar sospechas infundadas, más estaremos validando esas sospechas como criterio legítimo.

Y ese es un camino sin salida.

Conclusión

Por supuesto, cada cual es libre de tomar sus propias decisiones. Las circunstancias personales pesan. No todos pueden permitirse asumir los mismos riesgos.

No me corresponde juzgar eso.

Pero que no juzgue no implica que no tenga una opinión clara: ceder ante este tipo de miedo es un error. Un error serio. Y probablemente un error que muchos acabarán lamentando.

Porque al final la cuestión es simple: si para evitar la sospecha de otros tienes que dejar de ser quien eres como creador, entonces el precio que estás pagando es demasiado alto.

¿Y sabes lo peor? Que esa traición a ti mismo no va a garantizar nada, porque siempre habrá algún tarado dispuesto a jurar que no solo usas IA en tus novelas, sino que mataste a su abuela y torturaste a su caniche.

Coda

Ya que estamos, ¿he escrito este texto yo mismo o lo ha hecho una IA generativa siguiendo mis indicaciones?

No seré yo quien desvele esa incógnita. Que cada cual piense lo que quiera.