
Una de las cosas que más me irritaron en su momento de la recepción de Los cantos de Hiperión[1], de Dan Simmons, fue ver a una parte de la crítica celebrando la enorme cantidad de referencias literarias presentes en la obra. Keats, Chaucer, Shakespeare, Homero, Lawrence Durrell… Aquello parecía constituir, por sí mismo, una demostración de la extraordinaria calidad literaria de la serie.
Y no lo era.
No porque esas referencias carezcan de interés. Todo lo contrario. Keats ocupa un lugar fundamental en Los cantos de Hiperión, mucho más allá de proporcionar el título de la obra, y Los cuentos de Canterbury ofrece a la primera novela una estructura narrativa perfectamente reconocible: un grupo de peregrinos que viajan juntos y van contando sus respectivas historias. Hay mucho que analizar acerca de la forma en que Simmons utiliza esos materiales.
Pero el mérito está precisamente ahí: en lo que Simmons hace con ellos, no en el prestigio de los nombres que aparecen en la bibliografía.
Citar a Keats no mejora automáticamente una novela. Citar el Quijote tampoco. Y una referencia a Marcial Lafuente Estefanía no la empeora. La intertextualidad no funciona mediante una tabla de puntuaciones en la que Shakespeare vale diez, Homero nueve y un escritor de novelas de a duro medio punto si somos generosos. Una referencia puede ser un simple guiño, puede caracterizar a un personaje, establecer una resonancia temática, proporcionar una estructura, dialogar críticamente con la obra original o convertirse en parte esencial del mecanismo que genera el texto. Eso es lo que hay que analizar.
Se puede llenar una novela de citas de Cervantes, Dante, Shakespeare y Joyce y no conseguir otra cosa que atrezo cultural; o, en el peor de los casos, una exhibición bastante transparente de las lecturas del autor. Y se puede construir una obra extraordinariamente sofisticada dialogando con Doc Savage, The Shadow, las novelas de espías de quiosco o los westerns de serie B.
El problema no está en los materiales. Está en lo que se hace con ellos.
Lo que me molestó especialmente en el caso de Hiperión es que buena parte de aquellas alabanzas no procedían de una crítica académica tradicional, a la que tantas veces se ha reprochado su incapacidad para reconocer los valores y la poética específicos de la literatura popular. Procedían de dentro de la propia ciencia ficción.
Ahí fue cuando la cosa empezó a resultar un poco vergonzosa. Parecía que hubiésemos descubierto, maravillados, que uno de los nuestros había leído a Keats. ¡Mirad! ¡También conocemos a Shakespeare! ¡Tenemos referencias a los clásicos! ¡Somos literatura de verdad!
Pues claro que somos literatura de verdad. Siempre lo hemos sido.
Y no necesitamos a Keats para demostrarlo.
El problema de fondo es que esa clase de elogio, aparentemente destinado a dignificar la ciencia ficción, acepta implícitamente la misma jerarquía cultural que durante décadas la ha situado en una posición subordinada. La obra de género obtiene respetabilidad cuando establece vínculos con la «alta literatura». Cuanto más prestigiosos sean esos vínculos, más elevada parece volverse la obra.
Es una forma de complejo de inferioridad cultural y, francamente, ya va siendo hora de librarnos de él.
Porque la ciencia ficción no está vacía de referentes culturales. Lo que ocurre es que muchos de sus referentes no pertenecen al canon tradicional de la cultura occidental. La ciencia ficción lleva más de un siglo construyendo su propia tradición, sus efectos poéticos, sus imágenes, sus símbolos, sus convenciones, sus estructuras y, naturalmente, sus propias relaciones intertextuales. Una obra puede dialogar con Wells, Stapledon, Heinlein, Asimov, Clarke, Le Guin, Dick o Delany. Puede hacerlo también con los pulps, las revistas, el space opera, el cine de serie B, los seriales cinematográficos o determinadas convenciones que el género ha utilizado tantas veces que ya forman parte de su vocabulario.
Y para percibir todo eso hace falta algo que a veces se olvida: competencia como lector.
Para comprender determinadas resonancias de Hiperión es conveniente conocer a Keats. Nadie parece encontrar nada extraño en esa afirmación. Sin embargo, durante mucho tiempo cierta crítica ha tenido más dificultades para aceptar la proposición inversa: para comprender plenamente una obra de ciencia ficción también puede ser necesario conocer la ciencia ficción.
Si no conoces una tradición, no reconoces el diálogo que una obra mantiene con ella.
Una nave generacional puede ser simplemente una nave enorme en la que viven varias generaciones. Pero también puede convocar toda una genealogía de relatos anteriores y jugar con las expectativas creadas por ellos. Una ciudad abandonada de millones de años puede ser un decorado para una aventura o puede producir una sensación de profundidad temporal, melancolía y pequeñez humana difícil de conseguir mediante otros procedimientos. Un artefacto alienígena incomprensible puede provocar un genuino vértigo metafísico. El último ser humano, una inteligencia artificial que sobrevive a quienes la construyeron, el contacto con algo radicalmente ajeno, una alteración temporal que enfrenta a alguien consigo mismo… son elementos de un vocabulario genérico capaces de producir efectos poéticos tan legítimos como cualquier imagen sancionada por el canon.
Naturalmente, también pueden utilizarse mal. Una nave generacional puede ser un tópico aburridísimo. Un imperio galáctico puede ser una colección de lugares comunes. Un alienígena puede ser un señor con la frente de goma.
Exactamente igual que citar a Shakespeare puede ser una pedantería perfectamente inútil.
Lo que importa siempre es qué hace la obra con aquello que utiliza.
Por eso tampoco me entusiasma esa expresión que aparece periódicamente cuando una obra de ciencia ficción obtiene un reconocimiento inusual: «trasciende el género». La frase puede emplearse con sentidos perfectamente inocentes, pero demasiadas veces esconde una idea bastante menos inocente: esta obra es tan buena que ya no puede ser solamente ciencia ficción.
No.
Una gran novela de ciencia ficción no deja de ser ciencia ficción por ser una gran novela. Y, cuando una obra hace algo que hasta entonces parecía quedar fuera de los límites del género, quizá convendría planteárselo exactamente al revés: no está trascendiendo el género, está ensanchándolo. Está demostrando que sus fronteras eran más amplias de lo que creíamos, incorporando nuevas posibilidades a su territorio. No se ha marchado a otro lugar más elevado. Sigue siendo ciencia ficción y, después de ella, la ciencia ficción es un poco más grande.
No necesita escapar del género para adquirir valor literario. Y el género tampoco necesita que Shakespeare, Homero, Keats o Cervantes acudan a imponerle las manos.
Si Simmons utiliza a Keats de manera brillante, estupendo. Analicemos cómo y por qué. Si otro escritor consigue algo igualmente brillante utilizando como referente una novela de a duro, analicémoslo con exactamente la misma seriedad.
Porque no se trata de citar hacia arriba ni de citar hacia abajo.
No hay ningún arriba ni ningún abajo.
Hay obras, hay tradiciones, hay herramientas y hay resultados. Y a estas alturas la ciencia ficción no necesita pedirle a nadie permiso para sentarse en la mesa de la literatura.
Ya estaba sentada.
[1] Lo siento, pero me niego a seguir usando la forma inglesa del nombre del famoso titán solo porque en su día el editor español, según confesión propia, era incapaz de imaginárselo sonando en español. Era su problema y nunca debió traspasarlo a los lectores.