
Vaya por delante que soy muy fan de Los cantos de Hiperión, la descomunal obra de ciencia ficción publicada originalmente como cuatro novelas[1] que pueden verse en el fondo como una única unidad narrativa. Especialmente la primera de esas novelas no solo tiene grandes momentos sino que funciona especialmente bien de muestrario y compendio de algunas de las principales corrientes de la ciencia ficción en boga en los años 80 del pasado siglo.
Pero no es de eso de lo que quería hablar. Si bien la obra me deslumbró en un primer momento, con los años y sucesivas relecturas fui dándome cuenta de un detalle que de buenas a primeras me había pasado desapercibido. No es algo que haga las novelas peores, pero en cierto modo sí que disminuye un poco su estatura como elemento cultural.
Me explico:
En la sociedad galáctica de dentro de tres o cuatro siglos toda la cultura de la Tierra que se recuerda, se cita y tiene importancia es de origen inglés o estadounidense. Hay excepciones, como Homero y otros clásicos innegables de la literatura universal, por supuesto, pero leyendo las novelas (que, encima, están petadas de referentes literarios por todas partes) uno se queda con la idea de que, con la muerte de la Tierra, se perdió toda la literatura que no estaba escrita en inglés.
Lo cual no solo es absurdo y ridículo, sino de una estrechez de miras sorprendente en una persona como Dan Simmons, el autor, que me parece en general un individuo razonablemente culto.
O quizá no es tan sorprendente. Quizá es un mal endémico de la cultura estadounidense[2].
Y ni siquiera es cosa solo de la ciencia ficción.

Hace poco volví a ver Band of Brothers, aquí titulada Hermanos de sangre. Es una de mis series favoritas, sin la menor duda, y el libro está entre esos que me gustan releer de vez en cuando. Aunque narran los mismos acontecimientos, serie y libro ponen el foco en elementos distintos, de modo que se complementan muy bien.
El problema llega, como me pasa a menudo, cuando estamos en el último episodio y la Compañía Easy («E», en realidad) llega al Nido del Águila (Kehlsteinhaus) en los Alpes. No se dice de forma explícita en ningún momento, pero el montaje y el diálogo ayudan a que el espectador se quede con la idea que la Easy (en realidad toda la 101 División Aerotransportada) fueron los primeros en llegar:
Vemos a nuestros chicos en una carretera que los nazis han bloqueado para que los aliados no puedan llegar. Están intentando volar la barrera para seguir adelante y su coronel dice que el General Leclerc le ha dicho que espera ser el primero en llegar al Nido del Águila y que eso no puede ser, adelante, muchachos, a por ellos y todo eso.
Hay un cambio de plano tras una explosión y lo siguiente que vemos son los hombres de la Easy llegando al Nido del Águila. Y los vemos solos, no hay el menor rastro de la Novena Compañía de la Segunda División Blindada comandada por Leclerc y compuesta mayoritariamente de republicanos españoles y unos pocos franceses… que fueron quienes de verdad llegaron los primeros al refugio nazi en los Alpes.
Es decir, la implicación visual es deliberadamente engañosa. No olvidemos que la narrativa audiovisual es en un elevado porcentaje, montaje. Y aquí el montaje sugiere con contundencia algo falso.
Se podría pensar que es cosa de la serie y que el autor del libro, Stephen E. Ambrose, que se ha documentado a fondo y es un autor riguroso, sí que ha hecho los deberes y muestra a la Easy llegando cuando la Novena Compañía ya estaba allí.
Ambrose no dice que la Easy fuera la primera en llegar, cierto, ni afirma que los estadounidenses tomaron el Nido del Águila, por supuesto, ni atribuye al hecho ningún logro estratégico, faltaría más. Pero trata el asunto como un momento de importancia simbólica y, he aquí lo importante, cuenta lo ocurrido mediante los testimonios de los soldados de la Easy… quienes no mencionan en ningún momento ni a franceses ni a españoles, sea por desmemoria o por interés.
Me diréis que todo el libro está armado de ese modo, con los recuerdos de los supervivientes de la Easy. Y es cierto. Pero allí donde lo considera necesario, el autor matiza tales recuerdos una y otra vez a lo largo del libro. Sin embargo, al llegar a ese momento, no lo hace.
Las ausencias a menudo son tan importantes como las presencias. Y la mentira por omisión suele ser de las más eficaces y las más difíciles de pillar.
En ambos casos hay una decisión consciente de eliminar del recuento de lo ocurrido todo lo que no sea la pura intervención norteamericana. La serie lo hace de un modo bastante contundente y el libro de forma algo más sutil, pero la intención y los resultados son los mismos.
Me diréis algunos que se trata de la característica arrogancia norteamericana. Y en vista de lo que está pasando estos días con ese presidente que comparte nombre de pila con un famoso pato (que no es Lucas ni Howard) podría pensarse que se trata de eso.
Creo que no y que tanto esa actitud como los hechos del presidente de marras no son otra cosa que puro provincianismo cultural. Motivado tal vez por la arrogancia, en efecto, por estar tan convencidos de que son el ombligo del mundo que les cuesta aceptar que el 99% de este se encuentra más allá de sus fronteras.
¿Estamos atacadas otras culturas por ese mismo tipo de provincianismo? Me gusta pensar que no, pero es posible que, aunque sea en menor grado, también nos pase. Es más fácil verlo en los Estados Unidos porque son la cultura dominante y, por tanto, sus defectos se muestran ante los demás con una contundencia mayor. Pero quizá en el fondo sea algo común a las comunidades humanas. Recuerdo ahora que hay varios casos de pueblos, tribus, comunidades o naciones cuyo nombre, traducido, significa sin más «seres humanos» o «personas», como si ellos fueran los únicos en el mundo, así que puede que sea algo universal, una consecuencia más del tribalismo que lleva con nosotros desde el inicio y del que estaría bien librarse de una puñetera vez.
Quizá, cuanto mayor y más dominante es la tribu en cuestión, mayor es también el provincianismo que los lleva a creerse los únicos.
Quién sabe.
[1] Hyperion, La Caída de Hyperion, Endymion y El ascenso de Endymion, por si alguien no recuerda los títulos. Por qué en las versiones españolas de los libros se han dejado los nombres en inglés pese a que existe traducción para ellos desde hace varios siglos (Hiperión y Endimión, sí) es una historia que igual vendría bien contar algún día.
[2] O al menos lo era. En los últimos años, al menos en la ciencia ficción, se ha visto un interés cada vez mayor en los Estados Unidos por lo que otras culturas y otros idiomas aportan al género.